¿Porqué el agua del mar es salada?

En una pequeña isla rodeada de agua cristalina, vivían felices y en armonía, en casitas blancas que miraban al mar, todos sus habitantes.

isla

Todas las mañanas, cuando salía el sol, se levantaban contentos y se dirigían con una amplia sonrisa hacia sus huertos para cultivar verduras y hortalizas o hacia el mar para pescar ricos peces. El secreto de su felicidad era que todos compartían lo poco que tuvieran, de forma que nunca nadie tenía menos que su vecino.

Cada día, al caer la tarde, todos se reunían en la plaza del pueblo para repartir sus frutos, huevos, pescado,… Curiosamente, había una viejecita que vivía en la casa más elevada del pueblo, que siempre traía las mejores piezas y, para asombro de los demás, las ofrecía generosamente sin pedir nada a cambio, pues nunca necesitaba nada más. Todo el mundo se llevaba de maravilla con sus vecinos, pero todos tenían un afecto especial por aquella viejecita, la más anciana de todas las personas que conocían.

Ella tenía un humilde hogar, como todos en el pueblo. Pero, en un rincón de su alcoba, tenía un antiguo y mágico baúl. En su interior no había nada pero, cada día, la viejecita se acercaba y le susurraba las palabras mágicas, de forma que obtenía todo lo que desease. Siempre pedía alimentos, y en cantidad suficiente para poder compartir con las gentes del pueblo. Un día pedía naranjas, otro día coles,…

anciana

Los habitantes del pueblo estaban acostumbrados a verla aparecer cargada con todo aquello, y ninguno se cuestionaba de dónde podía conseguirlos una mujer tan mayor. Pero un día, llegó un barco comerciante que se dirigía a tierras lejanas y necesitaba comprar provisiones. En el pueblo, les explicaron que ellos no vendían nada, pues no podrían utilizar el dinero en ninguna parte, y además ellos tenían todo lo que necesitaban y nunca viajaban para comprar nuevos productos. Los marineros no entendieron cómo podían sobrevivir así, y observaron su actividad extrañados.

Pronto les hablaron de la viejecita más famosa del lugar y se sorprendieron mucho al comprobar que era cierto lo que de ella explicaban. Desconfiados, la siguieron para ver quién le ayudaba a conseguir todas aquellas cosas que ofrecía a sus vecinos tan amablemente. Aquella noche no observaron nada extraño. La viejecita se acostó temprano. Y a la mañana siguiente se levantó y limpió su casa, pero no vieron que cultivase ningún huerto. Cómo sería su sorpresa cuando le vieron acercarse al viejo baúl y decir en voz alta:

– Baúl del rey Saúl, dame esta vez veinticinco tarros de rica miel.

baul

La viejecita abrió el baúl y allí estaban, relucientes, los veinticinco tarros de exquisita miel que había pedido, uno para cada familia del pueblo. Luego, los cargó en su viejo carro y bajó a repartirlos entre sus vecinos.

Los marineros, rápidamente pensaron que debían hacerse con aquel baúl, pues les permitiría llegar a las tierras más lejanas y vender toda clase de productos. Así, aquella noche, entraron sin hacer ruido a coger el baúl, lo cargaron en su barco y desaparecieron.

– Baúl del rey Saúl, dame esta vez cien monedas de oro -dijo el capitán.

– Baúl del rey Saúl, dame esta vez cincuenta diamantes.

El baúl les proporcionaba todo lo que pedían, desde maíz a piedras preciosas, que vendieron en el primer puerto en el que se detuvieron. Pero al zarpar, se dieron cuenta de que no tenía sentido vender nada, si podían pedirle al baúl todas las monedas que quisieran, por lo que pensaron que debían buscar un lugar en el que parar a vivir, pedirle al baúl los alimentos más exquisitos y el dinero suficiente para pagar un gran palacio, un cocinero y sirvientes que les atendiesen como si de reyes se tratasen.

Entonces pensaron en aquella pequeña isla en la que consiguieron el baúl y decidieron regresar, pero un día, mientras navegaban, el cocinero del barco se quedó sin sal y fue hacia el baúl para decirle:

– Baúl del rey Saúl, dame esta vez sal.

Al momento, el baúl se llenó de sal y esta empezó a salir y ocupar la cubierta del barco.

– ¡Ya vale baúl! ¡Ya está bien de tanta sal! -gritaba el cocinero.

– ¿Qué sucede? -preguntó el capitán malhumorado al oír tanto grito.

– El baúl, que le he pedido sal y no deja de salir -contestó el cocinero.

– Pero, ¿cuánta le has pedido? -exclamó horrorizado el capitán.

Entonces el cocinero cayó en la cuenta de que, al pedir la sal, no había especificado cuánta necesitaba, por lo que el baúl seguía produciendo más y más sal. Y tanta sal se amontonó y tanto pesaba, que el barco se partió y se hundió en el mar. Por suerte para los marineros, estaban cerca de la playa de una isla desierta, en la que tuvieron que trabajar cada día para conseguir aquello que necesitasen.

Mientras, en el pequeño pueblo de la viejecita, todos le llevaban cada día un carro con sus mejores productos a la buena anciana, aunque ella ya nunca más pudo ofrecerles nada. Ellos pensaron que, tan mayor que era, ya no tenía fuerzas para trabajar, pero siguieron ayudándole en agradecimiento a su generosidad durante tantos años. Y nunca supieron su secreto.

Y en algún lugar del fondo del mar, arrastrado por las corrientes marinas, el baúl sigue expulsando más y más sal.

sal_marina

 

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